La pesadilla de la que Argentina no sale


Como si fuera el efecto de un temible huracán, Argentina enfrenta la espiral de una profunda crisis financiera. Al frente de un barco que hace aguas, está el golpeado presidente Mauricio Macri, quien sufrió una rotunda derrota electoral en las pasadas elecciones internas, donde el candidato del peronismo, Alberto Fernández, de la mano de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, se ha encumbrado como favorito para ganar las elecciones presidenciales del próximo 27 de octubre.

Hay quienes opinan que Argentina está frente a una debacle similar a la que sufrió en 2001, que llevó a una de las peores crisis económicas, que terminó con el Gobierno de Fernando de la Rúa.

En este momento, el precio del dólar ha superado los 62 pesos y el riesgo país alcanzó los 2.500 puntos, un récord solo comparable con la crisis de comienzos del siglo. Otros datos son igualmente estremecedores. En agosto, las reservas monetarias de Argentina cayeron en 13.793 millones de dólares. Buena parte de esta sangría se explica por los 2.038 millones de dólares que el Banco Central de ese país tuvo que destinar a intervenir en la plaza cambiaria local para intentar detener el alza del precio del dólar. Otros 5.456 millones de dólares se fueron para hacer frente al retiro de los depósitos bancarios en dólares y a la cancelación de la deuda con organismos internacionales.

El préstamo de más de 57.000 millones de dólares que hizo el Fondo Monetario Internacional a Argentina no logró aplacar el sismo, cuyas causas se atribuyen al creciente endeudamiento y el asfixiante déficit fiscal, que se arrastran desde la gestión encabezada por Cristina Fernández, pero que fue mal encarada por la actual administración.

La turbulencia argentina tiene ecos inmediatos en América Latina, una región marcada por la desaceleración económica en un contexto internacional claramente adverso por la ralentización y la guerra comercial entre Estados Unidos y China.

Bolivia no está ausente de la crisis argentina. Primero por el impacto que tiene este quiebre en la economía de más de un millón de migrantes bolivianos que sufren, al igual que los argentinos, las carencias y el miedo al futuro provocados por la pésima administración de este nuevo ciclo de desorden financiero. Y, segundo, porque las constantes devaluaciones del peso argentino golpean directamente en el intercambio comercial boliviano, favoreciendo que el contrabando compita de manera desigual con la producción de nuestro país. La actual incertidumbre está anclada en la decisión que debe adoptar el FMI de realizar o no un desembolso por 5.400 millones de dólares que debería darse este mes como parte del paquete de ayuda del organismo internacional. Si el Gobierno de Macri no da suficientes señales de confianza, el organismo podría postergar la entrega de esos recursos, profundizando la desconfianza.

La situación es tan grave que Argentina se ha colocado al borde de una cesación de pagos (default), lo que colocaría a ese país frente a una virtual quiebra, con graves efectos no solo para los argentinos, sino para todos los latinoamericanos. Entre tanto, el Gobierno asume medidas de emergencia, como el control de dólares.

La situación se complica por la incertidumbre que provoca el sistema político de ese país, en el que los actores están marcados por la sombra de la ineficiencia y la corrupción. La situación es compleja para el vecino país y los coletazos, sin duda, se sentirán en Bolivia.

Editorial El Deber