La vocación antidemocrática de Evo Morales


Evo Morales afirmó que si vuelve al país creará milicias armadas, como en Venezuela. No hay que ser muy erudito para comprender que tal afirmación raya en el delito, porque desconoce las fuerzas legalmente armadas en Bolivia: Policía y FFAA, impulsa una acción para retener el poder aún a costa de las vidas de quienes se atrevan a impedírselo. Es una constatación más de que el expresidente no es un demócrata y de eso ha dado muchas muestras durante y después de su mandato.

Solo para citar algunos ejemplos. Durante su Gobierno se produjo la ejecución de tres extranjeros en el hotel Las Américas, a quienes acusó de terrorismo sin que ellos pudieran defenderse y utilizó esa sindicación para iniciar un proceso político destinado a descabezar el liderazgo cruceño que le estorbaba para gobernar en lo que Álvaro García Linera denominó el “empate catastrófico”.

Tres años después, no dudó en hacer reprimir una marcha indígena que se oponía a la construcción de una carretera por el Tipnis. La movilización desportillaba su imagen de presidente indígena y defensor de la Madre Tierra. Permitió que policías golpeen y humillen a los pueblos originarios del oriente.

Pero si se revisa la historia reciente, se pueden ver señales antidemocráticas y subversivas de Evo Morales durante y después de los 21 días que duró la ‘revolución de las pititas’. Primero, cuando gente armada se enfrentaba contra los cívicos que bloqueaban el Puente de la Amistad; lo cual fue seguido del asesinato a balas de dos miembros de la oposición. En este último hecho se supo después que había terroristas de las FARC y de otros grupos subversivos, operando bajo el aval del pasado Gobierno.

Dos terroristas (uno colombiano y el otro peruano, ambos buscados en sus países) tuvieron vínculos con candidatos y dirigentes del MAS. El ministro de Gobierno, Arturo Murillo, afirma que hay más gente de esas características que aún opera en el país.

Otra muestra de esta vocación antidemocrática fueron los atentados cometidos contra el pueblo de Bolivia: en la zona de Carrasco, gente afín al MAS voló un gasoducto; en El Alto, volaron dos puentes y estuvieron a punto de atentar contra la planta de Senkata, donde se depositan combustibles en El Alto.

Mientras Evo Morales llamaba a movilizarse a sus seguidores, también ordenaba (como presidente y también después de su renuncia) que se bloquee cercando a las ciudades, con el fin de que no lleguen alimentos a las clases medias, donde se concentraba la oposición.

Coreando su nombre fueron quemados 60 buses municipales en La Paz, fueron atacadas e incendiadas las casas de una periodista y de un activista por la democracia.

En Venezuela, la dictadura chavista ya ha provocado un éxodo sin precedentes en el continente y que la misma relatora para los DDHH de las Naciones Unidas redactó un informe que hablaba de torturas y ejecuciones extrajudiciales; que hay imágenes que dieron la vuelta al mundo mostrando a las milicias chavistas atacando en motos y disparando contra los opositores. ¿Es eso lo que quiere el jefe del MAS para Bolivia?

Es preciso también remarcar que el “dejar hacer” del presidente argentino vulnera las normas de convivencia entre países. Se entiende que comparta ideología con Morales, que le dé refugio, pero es deplorable que mire a un costado cuando el expresidente de Bolivia habla de milicias armadas y pretende llevar a la muerte a los bolivianos.

Es justo que el Gobierno denuncie y procese a Morales, porque el mundo debe saber que el expresidente indígena tiene vocación de dictador antes que de estadista.

Editorial – El Deber